3.8.06

Nadie tuvo la precaución de decir... cuidado

Todos estaban consternados. Nadie se atrevía a decir nada. Mantenían la cabeza baja, mirando de reojo a la gran amiga que un día fue y, que ahora, era sólo un cuerpo destrozado.

La sombra del peligro seguía acechando. Todos esperaban a que el miedo pasara para recoger los restos de su amiga. Y esperaron hasta que dejaron de sentir la sombra del peligro sobre sus rostros. Terminó por irse a pasos agigantados y sólo unos cuantos tuvieron el valor de recoger los pedazos de su amiga y llevarlos a cuestas hasta lo que había sido su hogar. Iniciaron el recorrido de manera rápida, temiendo que el peligro regresara de nuevo, hasta que sintieron protegidos y pudieron aflojar el paso. Pero nadie decía nada. Sabían que su amiga siempre fue demasiado atravancada, exponiéndose a los peores peligros con tal de conseguir lo que quería. Y a pesar de que ahora lo veían como una virtud, no dejaban de sentirse culpables...

Siguieron avanzando en lo que sería el último día, hasta que inesperadamente alguien se detuvo a descansar. Le pesaba demasiado el dolor de cargar parte del cadáver. Todos se detuvieron a esperarlo. De pronto, alguien rompió el silencio...

Fue mi culpa... No puedo seguir callándolo. ¡Fue mi culpa! ¡Yo pude evitar esta desgracia!

Y, entonces, rompió en llanto. Nadie dijo nada. Nadie se atrevió a contradecirlo; pero el hecho es que todos eran culpables. Todos habían estado en grupo y nadie tuvo la precaución de decir "cuidado".

Una vez que el llanto terminó, volvieron a cargar a cuestas el cuerpo fragmentado. Nadie discutió lo que se había dicho; nadie discutió hasta llegar al refugio, que era su hogar. Pusieron el cadáver al centro y todos se sentaron alrededor, sollozando su dolor. Recordando.

Todo había iniciado muy bien. Un nuevo día, lleno de sol; todos, en familia, habían decidido salir a comer. Disfrutaron del mejor manjar, todos reunidos en familia y entre carcajadas. Luego, llegó la hora de retirarse, pero su amiga decidió regresar por comida para llevar. Y fue justamente la última vez que la vieron viva, cuando se separó del grupo. Porque un segundo despues llegó el peligro a pasos agigantados...

¡Vieja, tenemos cucarachas!

Y todavía su querida amiga alcanzó a elevar la mirada y expresar su última palabra.

¡Huevos!

Y la suela del peligro cayó sobre ella. Nadie tuvo la precaución de decir "cuidado".

— Oye... Pssst... Sí... ¡tú, narrador! Yo sí aprendí la lección. Aquí apesta de la chingada desde hace rato. Creo que huele a Raid. Narrador... narrador... ¿porqué te quedas callado? Oye, ¿sí respiras?