10.8.06

El conocimiento evita la ceguera

Todos tenemos una visión del mundo. No necesitamos grandes reflexiones para comprobarlo. Es una visión sobre la vida, lo que nos rodea, de quienes nos rodean y por supuesto de nosotros mismos.

Lo interesante sería conocer el alcance de nuestra propia visión; si se han creado deformaciones, avances o retrocesos. Quizá, una manera de descubrirlo sería abordando los elementos que intervienen en esta visión.

Imaginemos que nuestra visión del mundo es lo que alcanzamos a ver por una ventana desde un décimo piso. ¿Hasta dónde podríamos mirar? ¿Hasta el balcón? ¿Hasta la calle, o incluso unas cuantas cuadras más? Quizá alcanzamos a mirar la colonia, la ciudad y si nos vemos más intrépidos, podríamos romper las fronteras de la visión y mirar más allá de una ciudad, de un país o de un planeta.

El ojo no tiene el poder de romper sus fronteras biológicas, a menos que se utilicen artefactos como unos binoculares o un telescopio, y quizá habría que mejorar los lentes para llegar lejos, tan lejos como lo permitan dichos lentes.

¿Y que pasa con nuestra visión del mundo? Pasa exactamente lo mismo. Nuestra visión del mundo puede llegar tan lejos como uno mismo se lo proponga. No ocupamos lentes. Ocupamos saber. Eso que es capaz de romper fronteras: conocimiento, cultura, mejora profesional y existencial. ¡Vamos, hasta una plática en el café con miras a expander nuestra visión del mundo podría ayudar! ¿Cómo? Desglosando lo que no entendemos, descubriendo lo que ignoramos, optimizando lo que ya sabemos, hablando lo que solemos callar e investigando lo que nos intriga.

Y entonces... sólo hasta entonces, podremos vivir la experiencia del cómo nuestra visión se expande; abarca más y llega más lejos; descubre nuevos detalles y distintos matices; territorios desconocidos... tanto, como nosotros mismos queramos.